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jueves, 9 de febrero de 2012

El fulgor de la amistad

   Sebastián se balanceaba en su vieja mecedora. Sus nietos sentados sobre el piso esperaban pacientes la historia que habría de contarles esa tarde.
   En alguna época ya pasada un hombre modesto de meridiana prosperidad comercial cayó en desgracia. Abatido por las acreencias y la mala racha en los negocios, se vio de pronto reducido a prisión. Permanecía recluido en una asquerosa celda, dormía en el piso sobre costales apestosos, y sujeto por grilletes y cadenas herrumbrosos.
   Sus amigos, prestantes señores de los negocios y la burocracia, lo visitaron. Ellos, entre sí, hablaron de sus propios logros, de sus conquistas amorosas y de sus fiestas, mientras él, en silencio, rumiaba sus propias miserias.
   Después, afligidos y conmovidos por el lamentable estado en que encontraron al amigo en desgracia, resolvieron en acuerdo y con aportes monetarios de cada uno llevarle obsequios en procura de hacerle llevadera la estadía.
   Volvieron a visitarlo. Le llevaron, entonces, frazadas y una colchoneta, grillos y cadenas en metal refulgente como plata; blanquearon con cal las paredes de la celda y colgaron un mar embravecido enmarado en nogal. Por último pintaron los barrotes de la reja de verde esmeralda.
   -Pero abuelo, acaso no...


domingo, 8 de enero de 2012

A propósito de "La piedra"


Piedras

Por: Clinton Ramírez C.

La piedra que ilustra el texto que Joaco Zúñiga publica en su blog me trae a la cabeza el primer trozo de alumbre que contemplé en una desaparecida botica de Ciénaga.

Blanca, transparente, astillada en los bordes, pareciera tener la forma y el tamaño del fragmento que Silvio, el farmaceuta de pantalones de tirantes, exhibió en la palma de la mano al percatarse de mi curiosidad. Tendría acaso siete años y mi hermano y yo acompañábamos a la abuela, quien, cada cierto tiempo, entraba a la botica de la mano de alguno de nosotros, ahora sé que a aprovisionarse de árnica, acido bórico, alumbre y otros menjunjes.

La piedra fue el instrumento predilecto de nuestra infancia en un barrio pendenciero y bulloso. Estuvo siempre a tiro de mano a la hora de aporrear techos, partirle el tarro a los rivales de ocasión y atinar sin temor a cuanto pájaro asomaba en el cielo de nuestros frondosos patios.

Las piedras, feas o hermosas, lisas o redondas, de cerros o de ríos, nunca faltaron que sepa en las batallas campales que a principios de los setenta los estudiantes del San Juan del Córdoba libraban contra la policía y el ejército en desarrollo de unas huelgas que la memoria torna legendarias.

Nosotros, chicos pero útiles, las acarreábamos desde los patios profundos a los sardineles de donde los estudiantes, enfurecidos, descamisados y con los rostros cubiertos con sus blusas, las tomaban para lanzarlas a los agentes del orden, los cuales, sin perder la disciplina, a manera de olas mecánicas, le hacían el quite a los proyectiles con sus escudos de pastas. Los bandos en contienda ocupaban dos o tres manzanas de la avenida, avanzando y retrocediendo según el aguante de uno y las cargas de piedras disponibles del otro. Disputas que, transcurrida un par de horas, terminaban con el lanzamiento de gases lacrimógenos, algunos estudiantes detenidos y uno que otro policía tajado por alguna piedra.

Después, cuando el tiempo nos hizo hombres y menos inteligentes, aparecieron otras piedras: finas, toscas, preciosas, imposibles de contener, desbordadas hasta el susto, cuerpos vibrantes, diseñados para esclavizar legiones, más que nombres olvidados a voluntad.

Piedra y piedras. La piedra que alguien le voló a un amigo, el nombre de un un mango –mango de piedra-, el de un río de Santa Marta, las piedras de las tetillas de los adolescentes, las cuales, a punta de cuchara caliente, hay que extirpar. Los Piedris, una familia de Ciénaga a la que le perdí el rumbo como a muchas otras. Pero también, imposible de evitar en estas páginas, expresiones ambiguas o exactas que contienen la palabra y que hacen carrera civil con total soltura: “Botó la piedra, le saqué la piedra, se le voló la piedra, me dio la piedra”.
Una piedra del tamaño de un puño le descargó en la frente un vecino a otro durante una disputa de esquina. ¿Qué motivó el ataque? Quizá no importe. ¿De dónde salió? Acaso tampoco tenga importancia saber que el agresor la llevaba en un bolsillo trasero. El punto es que cayó cerca de mis pies al rebotar en la impenetrable cabeza del agredido. Apenas le salió un chichón sobre el ojo derecho, una ondulación con un punto de impacto encima que alguien le disolvió con hielo esa tarde en la esquina de los hechos, la misma donde siguieron bebiendo caña con agua de coco y jugando dominó como si nada hubiera sucedido.

La conservé en una vitrina de la sala de la casa muchos años. La defendí de los malos ojos de mi abuela, de las manos ligeras de mi hermano, hasta que uno de mis compañeros de bachillerato logró, a fuerza de insistencia, sonsacármela para una colección que tenía, conocedor de la pequeña historia que la puso en mi poder la tarde de un sábado.

Piedra asesina como no he vuelto a ver otra, un auténtico proyectil, maciza, gris con pizcas oscuras a la manera de lunares, insensible a las miradas intrusas, una verdadera bala de cañón colonial que rebotó como una bola de goma en la cabeza de mi vecino agredido.

Aún puedo sentir su peso, su calor y su forma en mis manos de entonces al momento de recogerla.

sábado, 31 de diciembre de 2011

La piedra



Quién pudiera pensarlo. Ahí está: inerte, sin mácula, inofensiva. Producto seguro de otra violencia. Una explosión, tal vez, o quizá un golpe o, de pronto, la desintegración erosiva de la roca madre. La lluvia y los demás elementos se encargaron de borrar todo rastro.

Ahí estuvo, también, tirado todo el peso de esa inmensa humanidad convertida en carroña. Sólo bastó un David que la agitara en su honda y la pusiera con fuerza en la frente del gigante.

martes, 20 de septiembre de 2011

Son recuerdos

Afloran a la memoria momentos ya olvidados, se vienen casi siempre cuando alguno de los participantes muere, para al poco tiempo volver a olvidar.
 
En estos días murió Mercedes Sosa. Se me vinieron encima cosas del final de los sesenta. José Luís Díaz Granados estrenaba El Laberinto y Luis Fayad publicaba Los sonidos del fuego, la fotografía de Luís en la contratapa fue tomada por mí. Me había visto tres veces Bella de día.

Escuchábamos a Piero, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa. Bebíamos aguardiente Néctar y fumábamos cigarrillos Pielroja. El tufo que generaba era demoníaco -decían. Nosotros nos sentíamos en la gloria.

Ella vestía con una sola pieza de tela blanca que traslucía los pezones erectos de sus senos sueltos y la pequeñez del biquini rojo. Sus ojos, verdes, grises, pardos, variaban de color con la variación de sus emociones mientras danzaba dando giros y azotando su larga cabellera contra la mejilla. El se limitaba a asirla por la cintura en impulsarla para que los giros fueran más rápidos. Reían a carcajadas para terminar después abrazados y tirados sobre la cama, con el tendido rebujado.

Era toda una maraña humana desbordante de amor y sexo. Comenzaba sobre el lecho y los alcanzaba el sol de mediodía acostados desnudos en el piso sobre el tapete.

Alejandra, sólo Alejandra, apareció. Dejaba su alegría y placer por la vida y se iba para regresar. Era como un ángel o un espanto que aparecía no sé de dónde y se iba igual para algún sitio. Nadie sabía nada, tampoco se preguntaba. Era ella, Alejandra, y eso bastaba.

Su recuerdo, igual que otros, se había perdido en los vericuetos de la mente y extrañamente aparece ahora que ha muerto Mercedes Sosa. Tal vez removido por tantas canciones de ella que se han escuchado en estos días.

Una mañana lluviosa, después de saborear un café bien cargado y sin azúcar, y compartir un Pielroja hasta consumir el indio, Alejandra dijo: chao, nos vemos.
 

sábado, 3 de septiembre de 2011

Ah, esa vieja foto.

La foto de postal. Esa en que está con sus trenzas amarillas,  sus ojitos color miel y su boca de finos labios. Su boca de fruta fresca, con sabor a níspero maduro, a mango biche con sal, a jobo salado. Ah, ¿te acuerdas del jobo? Boca con sabor a besos de matinée, a crispetas, a caramelo. Esa foto de niña joven con su uniforme escolar de rayas y cuadros azules y blancos. Esa foto de aquel presente que está ahí, pero ya no es. Ahora huele a papel químico viejo, a goma reseca. Ha pasado mucho tiempo y éste arrasó con sus aromas y encantos juveniles.

Los colores de la foto, a pesar de los años que sobre ella han pasado, aún se conservan.  Se notan las grietas del cuarteado como surcos de una historia indescifrable. Y el desgaste que el tiempo ha hecho sobre ella a pesar del vidrio del portarretrato que la ha protegido.

Con madera amarilla de pino, de retazos recogidos en la carpintería del barrio, hizo ella el portarretrato en clase de manualidades. Con extremada delicadeza y cuidado labró con un cuchillo las aletas laterales que soportarían el vidrio. Dañó madera y derramó lágrimas hasta que pudo, por fin, acodillar los extremos de los laterales para el adecuado acople a cuarenta y cinco grados de las esquinas. Terminada la labor y obtenida la nota de aprobación, el portarretratos fue a dar a la caja de cartón con juguetes en desuso y muñecas viejas y descabezadas que mantenía en un rincón del clóset.

Esa tarde en matinée cuando Antonio interrumpió un largo beso para pedirle una foto lo primero que llegó a su mente fue el portarretrato. Algo en lo que ella había puesto todo su empeño era lo apropiado para simbolizar su amor por él. Al llegar a casa, Ursula busco en el álbum de fotografías que con esmero le llevaba su madre con fotos desde el primer día de nacida y escogió la más reciente: esa, en la que aparece con trenzas y con uniforme del colegio. Hubo de recortar los lados para ajustar el tamaño y hacer que cupiera en el portarretrato. No escribió ninguna dedicatoria. Por el respaldo sólo aparecía la fecha en que fue tomada la fotografía y la edad: febrero 1974 14 años. Rescató el portarretrato refundido entre juguetes en la caja de cartón, colocó la foto y lo metió en una bolsa de papel que  guardó en el bolso escolar para entregárselo a Antonio la próxima vez que se encontraran.

Durante años aquel portarretrato ha permanecido ocupando un puesto visible en la biblioteca de Antonio. “Ese es mi talismán”, decía a quienes le preguntaban por esa niña y el curioso portarretrato. A su esposa le respondió un día, como para clausurar el tema: “Esa foto y ese portarretrato son parte de mi vida cuando adolescente, de mi historia personal en el antiguo testamento, mucho antes de que tú aparecieras en ella, por lo tanto no te corresponde; por favor, no hurgues en ello”. Nunca más se mencionó el asunto. No obstante, la esposa de Antonio cuando sacudía el polvo la biblioteca  se detenía largo rato viendo aquella foto, algo descolorida, de la niña de trenzas amarillas y uniforme de cuadros y rayas azules y blancos.

Pasado el último encuentro, una tarde Antonio se detuvo largo rato, con el portarretrato en las manos, contemplando la foto de Ursula de aquel presente a los catorce años. Paladeaba el sabor de aquellos besos de escolares y cerró los ojos para dar paso a las vívidas imágenes de los encuentros y salidas juntos. Abrió los ojos y contempló nuevamente la fotografía. “No eran la  misma persona, por supuesto, la mujer de sus amores, ensueños e ilusiones se había quedado encerrada en ese portarretrato de madera de pino”.

Antonio, haciendo eco a las palabras de Ursula y aceptando que sus realidades ahora eran otras y que entre ellos sólo podría mantenerse una amistad, se dijo: “Sí, Ursula, como tú dices, dejaré quieta esa foto en su portarretrato, pero lo que no lograras nunca es que me separe de éste, el de madera amarilla de pino con tu foto de colegiala”.

FIN

viernes, 5 de agosto de 2011

Deja esa foto quieta en su portarretrato

Ursula y Antonio mantuvieron una relación estrepitosamente ardiente. Se amaron. Se amaban tanto que a no dudarlo estaban sintonizados en la misma frecuencia. Como los personajes de una novela famosa, Ursula y Antonio no acordaban los encuentros, simplemente se encontraban. Se veían en la cafetería del almacén Ley, en la esquina de la 18 con 5ª, en el Café Bucaramanga. Tan extraña era la sintonía entre ellos que en una ocasión Antonio iba a bordo de un bote bordeando los acantilados de Taganga, y de pronto le entró un afán por llegar a la orilla y cuando el bote tocó tierra, ahí estaba Ursula con una amigas. Por supuesto, Antonio saltó a tierra y se fundió en tan apretado abrazo con ella que los huesos sonaron y el sonido de éstos se escucho en el bote que se alejaba continuando su curso.

Ninguno de los dos tenía forma de comunicarse con el otro. En casa de Ursula no había teléfono y ella desconocía el número del de la casa de Antonio. No obstante, esa sintonía entre ellos les permitía encuentros que quizás no se hubieran dado tan bien si se los hubieran propuesto. Se encontraban caminando por el camellón con ganas de darse un baño de mar por los lados de Tahití y listo, ambos estaban preparados para ir a playa, provistos de vestidos de baño y toallas. Se encontraban, a veces, después del mediodía caminando por la avenida Campo Serrano y sin mediar palabra Antonio asía a Ursula de la mano y se iban directo al apartamento de un amigo de él donde pasaban la tarde tejiendo entre ambos una enmarañada red para que el amor no se les escapara.

Una tarde de cualquier día Ursula le dijo: “Viajo mañana”. No dijo adónde iba ni por qué ni para qué, sólo lo abrazo, le beso los labios, dio media vuelta y avanzó a lo largo de la calle. Antonio, con las manos entre los bolsillos del pantalón, con los ojos bien abiertos y una extraña mueca en los labios, la siguió con la mirada hasta cuando Ursula desapareció entre la gente y la distancia.

Pasaron varios años. Cualquier tarde Antonio recibió una llamada telefónica: Hola, como estás… Sólo llamaba para saber de ti, te mando un beso, chao. Era Ursula y no dijo nada más. Pasado un tiempo se repitió la llamada pero igual, no dejaba saber nada de ella, ni dónde estaba.

Antonio debió viajar a Bogotá. En una esquina de la calle 26 con carrera 7ª se topó con ella. Ursula se conmocionó y quiso escapar, mas Antonio la detuvo asiéndola por los brazos. No puedo verte… Olvídate de mí…  Por favor déjame ir. Ursula siguió a paso rápido y se esfumó entre los transeúntes. Días más tarde Antonio, presintiendo que ella vivía o trabajaba por el sector, empezó a merodear por ahí. No tardó mucho cuando un día se toparon de nuevo. Igual que hacía cuando se encontraban en la avenida Campo Serrano en Santa Marta, la tomó de la mano y sin mediar palabra la condujo a un apartamento cercano. Ella no ofreció resistencia. No hubo preguntas ni reclamos. No hubo diálogo alguno, solamente se amaron hasta ya entrada la noche. Estando ya en la calle se besaron una vez más, y ella se alejó de prisa.

Pasaron ventidos años. Cada uno hizo su vida, hubo otros amores y llegaron los hijos. Una tarde, con el sol ya anaranjado y cercano al horizonte, se encontraron en Santa Marta. Ursula esperaba un taxi frente a la alcaldía y Antonio salía del café del parque. Sin sorpresa ni mucha emoción se saludaron de beso, como si apenas hiciera algunas horas que hubieran dejado de verse.

Antonio la miraba y recorría todo el cuerpo de Ursula con la vista. Estaba tan alta como siempre había sido, pero con las caderas más anchas y las nalgas más notorias y macizas, sus tetas medianas sobresalían ante la ausencia de protuberancia abdominal. “Aja, y ahora qué. Nunca me has visto”. Antonio la tomó del brazo y cruzaron la calle para entrar en el café. Se hicieron en la mesa más apartada y estuvieron largo rato conversando, no sé de qué, y cruzando miradas que terminaban con sonrisitas picarescas como de novios de aquella vieja época en matinée. Intercambiaron números de teléfonos y direcciones electrónicas, y se despidieron.

Desde el principio Antonio hizo intentos por soplar sobre las cenizas del viejo fogón tratando de revivir el fuego, pero Ursula en forma categórica le dijo que eso ya era una etapa superada, que dejara ese presente por allá lejos. No se refería al pasado como tal sino como aquel o ese presente.

Hablaban por teléfono con mucha frecuencia o se escribían por correo electrónico. Se encontraban esporádicamente, ahora sí, con previa cita. Se estaban, entonces, toda la tarde o todo el día como dos viejos amigos hablando  de sus vidas y proyectos, y de pronto, muy fugazmente, juntaban los labios en un beso espontáneo que terminaba en risotadas. Ursula tenía mucho aprecio por Antonio y le gustaba su amistad, en verdad se querían, pero se mantenía firme en que todo había quedado en aquel presente de hace más de veintidos años. Antonio no perdía oportunidad para intentar remover cenizas. En una de esas Ursula le dijo: “Mira Antonio, ya hemos conversado bastante sobre eso; de una vez por todas te lo pido, deja  esa foto quieta en su portarretrato”.

El otro: Torre de papel 1947

lunes, 18 de julio de 2011

Fue una dolorosa huida

Si claro, nos perdimos ese día de pasar un agradable rato en la arena, y también entre olas, pero solos y viendo que esos cuatro bogas se nos venían encima o de pronto era sólo paranoia nuestra o mía. De todos modos en un sitio tan extenso y solo, completamente solo, corríamos el riesgo de ser atacados y hasta quién sabe que otras barbaridades más. Y las intenciones de ellos eran claras, muy claras; al menos eso parecía.

Corrimos sobre esa arena caliente y los pies terminaron por ampollarse. Algunas ampollas se reventaron y la piel de las plantas  lacerada por el roce con la arena y las piedras sangraba. El ardor era insoportable. Ella lloraba y durante un largo trecho la llevé en brazos, parecía una nenita. Habíamos salido de la arena pero el asfalto estaba caliente y blando. No teníamos calzado, lo habíamos dejado en la playa al salir corriendo.

A la sombra de un trupillo nos tiramos al suelo y allí, recostados al árbol, logramos descansar. Ursula alcanzó a dormir, hasta roncó. Yo velé su sueño por largo rato hasta cuando un taxista se detuvo y se ofreció a llevarnos. 

Había dicho Antonio, días después, cuando nos encontramos en el Café Bucaramanga

domingo, 10 de julio de 2011

Solos en la inmensa playa

Antonio y Ursula tomados de la mano cruzaron la extensa playa de arena blanca, centelleante por el sol de las diez. La espuma permanecía instantes sobre la tierra después de retirada el agua de las olas. Eran ellos los únicos en la inmensa playa.

Antonio se deshizo de la ropa y quedó en pantaloneta, de cuadros escoceses rojos y verdes.  Ella desabrochó el jean y mirando a Antonio  con una sonrisa maliciosa,  lo fue deslizando hacia abajo ayudándose con movimientos sinuosos de su cuerpo. Al terminar cogió el pandero formado por la prenda con la punta del pie derecho y con una fuerte oscilación de la pierna hacia fuera lo puso sobre la cara de Antonio que sentado a un lado, con las piernas entrecruzadas, se había deleitado observando ese ritual de desvestida.

Quedó ella con una camiseta blanca, sin promoción alguna de marca comercial, que caía sobre el pequeño pantis negro del biquini. Ursula extendió la mano a Antonio invitándolo a que se levantara y la acompañara a meterse en el agua. Apenas entraban cuando una ola los cubrió envolviéndolos en un manto de espumas y arena. Cuando retornó la calma Antonio se quedó extasiado viendo a Ursula.

La tela mojada de la camiseta cubría los voluptuosos senos y transparentaba las rosetas de los pezones erectos de Ursula. Se acercaron, se abrazaron y besaron. Chapoteaban el agua echándosela encima el uno al otro. Gritaban y reían a carcajadas gozosas y se abrazaban de nuevo. Estaban radiantes; la vida, la arena, el sol y la playa eran sólo para ellos.

Detrás de la serranía, que entraba hasta el agua, apareció un bote grande con cuatro bogas que cruzaba en diagonal hacia mar adentro. La pareja vio pasar el bote y siguió en su jugueteo. Salieron del agua y se tiraron boca abajo sobre la arena, juntos los cuerpos. Antonio recorría con sus dedos las curvas de Ursula  mientras en susurros cantaba: “Yo quiero dibujarte, con mi boca…” y se acercaba y le daba repetidos besos en los hombros, la nuca y espalda de ella.

Estaba en esas, Antonio, cuando de pronto distinguió una sombra cerca de la orilla. Era el bote que se había devuelto y tres de los hombres de pies, con la mirada hacia donde ellos estaban, se disponían a saltar a tierra. Antonio tuvo un mal presentimiento y con inusitada destreza recogió la ropa y emprendió la carrera arrastrando consigo a Ursula que sin tener cabal idea de lo que ocurría daba zancadas para mantenerse al ritmo de él

El otro: Torre de papel 1947


martes, 5 de julio de 2011

Entre ella y la botella

Ursula cayó rendida a los pies de Antonio. Había dado vueltas y vueltas impulsada por el sonido de un saxo romántico: Bob Fleming, tal vez. Trigueña, de pelo largo y ceñido al cráneo que se extendía por la espalda en una larga cola. Cubierta por una amplia túnica blanca que traslucía el rojo encendido de sus diminutas bragas, danzaba en medio del salón. Giraba sobre sus pies y su vestido formaba ondas como volutas de humo que dejaban al descubierto las piernas hasta el origen.

Desde el piso se arrastró hasta alcanzar el cuarto escalón y quedar sentada al lado de Antonio. Acezante pidió un trago. La botella de ron estaba entre los dos. Frente a ellos Sebastián, acompañante de Ursula, con otros del grupo reían y fumaban sin hacer caso a la pareja sentada en la escalera.

Antonio sirvió dos tragos. Su brazo derecho rodeó a Ursula por la nuca y le acercó la copa a los labios. Ella, asiéndole la mano, la empinó echando la cabeza hacia atrás. Ahora sonaba música de flauta con fondo de tambores.

Antonio y Ursula continuaron sentados en el cuarto peldaño de la escalera entrecruzando miradas y apurando cargados tragos de ron. En esas se acercó Sebastián solicitando que por favor le sirvieran dos tragos. Antonio tomó la botella y dos copas; las sirvió a menos de la mitad. “Poquito, pa´ que rinda”, dijo Antonio.  Sebastián, con los ojos bien abiertos, se quedó mirándole la cara y respondió: “Nojoda, pero si la botella es mía”.

Antonio se puso de pies. Con la mano izquierda tomó la botella y, estirando el brazo, se la entregó a Sebastián sin pronunciar palabra. Dio media vuelta y con la misma mano asió el brazo derecho de Ursula y con pasos firmes y rápidos se fueron escaleras arriba.

Otro día de 2011

martes, 24 de agosto de 2010

Del ser y sus máscaras

Los seres humanos somos tan imperfectos que para vivir en sociedad, a diferencia de los demás animales, requerimos usar máscaras. “No creo que haya un solo ser humano –dice Augusto Monterroso, escritor guatemalteco– que no las esté usando y cambiando constantemente, según las circunstancias”.

“Algunas máscaras son más permanentes que otras, pero siempre estarán ahí” afirma Monterroso, y nos cuenta la historia de la rana que quería ser una rana auténtica. La rana en cuestión se miraba al espejo y se acicalaba buscando cómo agradar a la gente, y descubrió que la gente admiraba su cuerpo. Se dedicó entonces a hacer sentadillas y aeróbicos, “… y dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo”.

La sociedad actual –y la de antes también– es un perfecto simulacro y sus gentes interactúan en un continuo movimiento de simulación. Desde los primeros años de la infancia comienza el proceso de normalización en el cual se castra la espontaneidad y con ello la posibilidad de ser. El niño, por ejemplo, es presionado a dejar el juego que lo entretiene para que salude de beso y abrazo a la vecina que llega de visita; que mucho gusto, que qué bueno que nos visite… ¡Mentira! Cuando lo que él siente por ella es temor y recelo porque es una vieja gritona y le pega a sus hijos. Igual ocurre con el primo odioso, pretencioso y egoísta, con quien le obligan a compartir el juego que él disfruta solo y que aquél vino a interrumpir: que sonríele a tu primito, sé amable y cariñoso con él, mira que por la tarde nos llevan comer helado y pizza… Y así empezamos el aprendizaje de colocarnos máscaras.

Como a los demás les gusta comprendernos, tenemos que hacernos comprensibles y actuar para que éstos se sientan agradados comprendiéndonos; por eso la necesidad de las máscaras. Con la máscara de la sonrisa agradable y tierna escondemos el disgusto, el odio, la envidia y la soberbia, y los demás se creen el cuento, como también nosotros en su momento, que es lo importante, Con la máscara de la congoja y la tristeza impresionamos y conmovemos a los otros para que actúen en consecuencia con nuestras pretensiones. Y así en el amor y en la amistad; una máscara para esconder las pasiones según el momento.

Lo importante no es tanto ser como parecer, y hay dos cosas que la sociedad aborrece: a los genios por sus genialidades y a los francos por sus franquezas, pues son los únicos que cometen la estupidez de ser diferentes a los demás, por eso son excluidos y vistos como locos.

Las máscaras son tan abundantes en algunos, que al querer encontrar su verdadero rostro pasan y repasan una y otra sin llegar a encontrarlo. Otros al despojarse de ellas, encuentran un hueco en lugar de cara. Pero todos en mayor o menor cantidad llevamos la nuestra: ese es el juego.

Gibrab khalil Gibran, cuenta del ser que se volvió loco –así lo señalaba la gente– cuando le robaron sus máscaras, y salió a la calle sin ellas. Pero cuando el sol besó su rostro desnudo ya no quiso usarlas más. Y aceptó su locura porque en ella encontró la libertad “…y la seguridad de no ser comprendido –dice–, pues quienes nos conocen y comprenden oprimen una parte de nuestra existencia”.

Cierto es, pues, que cuando nos va mal en algo es porque olvidamos usarla o porque no utilizamos la máscara adecuada


miércoles, 28 de julio de 2010

Fetichismo patriotero

Hay expresiones que por mucho que tratemos de analizar y comprender siempre quedan en suspenso. Entre esas está “amor”, que para medio asimilar acompañamos siempre con algún adjetivo: Amor fraternal, paternal, platónico, divino, etc. En su comprensión, lo más acertado es que amor está encadenado como sinónimo de apego, y tal vez por ahí sea más entendible, al menos entre personas. Pero lo que sí es todavía más difícil de entenderes ese amor por las cosas, eso de amor a los árboles, a las aves, al suelo o, más aún, amor a la patria.
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Miguel Antonio Caro, dijo: “Patria te adoro en mi silencio mudo, y temo profanar tu nombre santo. Por ti he gozado y padecido tanto cuanto lengua mortal decir no pudo”. Amor a la patria. A ese pedazo de tierra donde nacimos o donde fuimos acogidos, extensible al todo que lo contiene, que suele simbolizarse por el escudo, el himno o la bandera. No sabemos muy bien cómo es eso, pero amamos la patria. Y como es algo que desde niños nos inculcan, llega a ser cosa común y corriente que se “ejercita” sin mucha conciencia de ello. O es que acaso no se ha dado cuenta cómo se nos erizan los pelos (pone piel de gallina) cuando oímos el himno nacional.
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Se ama lo que se ve, lo que se conoce, lo que en cierta manera se tiene. A partir de allí dejo la conclusión al lector sobre eso de “amor a la patria”. Aunque de mayor precisión seria amor a la nación. Pero sigamos.
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Hace muchos años, cuando adolescentes, bajábamos de Taganga por la carretera recién construida y sin pavimentar, al llegar al pie de monte desviamos por un atajo y pasamos frente a casuchas de invasión hechas con pedazos de latón, cartones, plásticos y tablas madera. En una de éstas, a un lado de la puerta yacía un perro famélico dormitando, y al otro lado una niña de cerca de año y medio jugaba con una muñeca descabezada.
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La única prenda que vestía la niña descalza era un calzoncito o braga confeccionado por la parte anterior con tela color amarillo, como el oro de nuestras riquezas saqueadas, para cubrir su mayor tesoro y en la parte trasera, una nalga cubierta por el azul de los cielos y los océanos, con Panamá y todo, y la otra, por el rojo de la sangre derramada por los héroes de la patria de hace 200 años, así como la vertida por las victimas de la violencia endémica que nos ha acompañado desde siempre hasta hoy.
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La madre tomó una de las banderas repartidas por la dictadura del momento, que debían ondear en las ventanas de las casas, para confeccionar las pantaletas de aquella niña.
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Años más tarde la selección de fútbol del país, saldría a la cancha disfrazada de bandera: camiseta amarilla, pantaloneta azul y medias rojas, patrocinada por una marca de cerveza que utiliza los mismos colores en su publicidad y en las diminutas prendas que visten sus modelos. Las bailadoras de cumbia los llevan en los faldones y un humorista posaría desnudo tapándose apenas con el pabellón nacional. La encontramos en gorros, camisetas, mochilas; todo se ve amarillo, azul y rojo. Ese es el fetiche nacional.
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“Todos somos Colombia” y por eso nos hemos de disfrazar con sus colores. Desafortunadamente esto ha sido un asunto de olas revividas, producto de una psicología de masas barata, que no guarda relación alguna con los sentimientos reales de un pueblo, valga la expresión, mamado de muchas cosas, para no entrar en detalle, entre ellas de tanto simulacro y engaño.
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Pero desde el orden estético hay que resaltar que tanto camisetas, como ruanas, gorras, pantalonetas, hamacas y demás prendas en las que utilizan los colores de la bandera, con alguna escasa excepción, todos muestran un desastroso diseño de mal gusto en el manejo y yuxtaposición de los colores.

viernes, 23 de julio de 2010

Grisóstomo, que murió de amor

Iban llegando de todas partes. Algunos vestían de negro, otros, de blanco y los más, con los atuendos propios de las jornadas de trabajo. Todos tenían cara de asombro y de pesadumbre la mirada.

Dos hombres del grupo con pico y pala cavaban una zanja cuadrangular, daban forma a la sepultura donde bajarían los despojos mortales de Grisóstomo. A un lado, en el suelo seco y cálido, sobre andas, un ataúd hecho con madera rustica flotando sobre olas de rosas rosas, claveles rojos y blancos, y ramas de ciprés con sus flores amarillas. Habían corrido la tapa del cofre y alcanzaba a verse el rostro del cadáver: de una palidez casi transparente; los ojos cerrados, apretados y una mueca en la boca como expresión de desencanto y desosiego.

La luz solar caía vertical. No se proyectaban sombras y las hojas de los escasos árboles permanecían inmóviles. Los hombres que abrían un espacio en la tierra sudaban a cantaros, dejando a sus pies una mancha de humedad como si fuera la propia sombra.

Grisóstomo murió de desamor. Perdidamente enamorado, este hijodalgo de mente cultivada, padre rico y heredero de haciendas, ganado y dinero abandonó su mundo social para internarse en el campo vestido de pastor en compañía de su inseparable amigo Ambrosio, para seguir los pasos de la mujer más bella que se hubiera visto hasta entonces sobre la faz de la tierra. Dejaba de amarla para adorarla, se ha dicho, mas ella no hizo caso de sus insistentes propuestas de amor.

Este pobre hombre lloró a las estrellas y pidió a la noche, pero nadie escuchó sus suplicas de amor. Marcela lo ignoraba, y sin tapujos, mirándolo a los ojos le hizo saber su desamor. Él, desconsolado, despechado y desengañado, no murió desangrado por las heridas de un duelo entre caballeros, murió desasosegado y triste. Y dejó cantidades de hojas de papel escritas en versos dando testimonio de su amor y desconsuelo.

Bajo el ardiente sol uno de los presentes leyó en voz alta el último poema que escribiera el finado: Canción desesperada. De pronto la luz del día se opacó ante el resplandor de la belleza de una mujer que apareció sobre una peña. Era tan bella, dicen, que la luna se oscurecía en las noches en que ella vagaba por el campo. Al lado de esa peña, donde cavaban la sepultura, se vieron Marcela y Grisóstomo la primera vez.

Ambrosio, temblando de ira y de dolor, la increpó. De homicida, cruel y desalmada la trató. Que si había llegado hasta allí para ver su crimen y burlarse del difunto. Mas ella, estirada y arrogante, contestó que no estaba allí por tales cosas ni crimen alguno había cometido. No era culpa suya haber recibido de Dios esa belleza y menos que los hombres corrieran detrás de ella derramando babas. A ninguno había dado esperanzas o prometido amor. No había pensado, al menos aún, en compartir su lecho con nadie ni descubrir su desnudez ante ningún varón. Por ahora sólo amaba la naturaleza, las aves y los árboles del bosque, se extasiaba con el ruido del viento y el sonido burbujeante de las corrientes de los arroyos, que cuando quietos reflejaban su belleza. Además, era rica, de mucha hacienda, ganados y dineros, y no requería de ningún acompañante.

Marcela no esperó respuesta. Volteó cola y se fue desdibujando en la reverberación de la distancia. Algunos trataron de seguirla, pero Ambrosio lo impidió solicitándoles terminaran de cumplir con la obligación de sepultar al amigo muerto.

De entre todos sólo había uno que no guardaba compromiso con nadie más que con su obsesión demencial. Erguido sobre su cabalgadura, la espoleó, y al trote emprendió la marcha para cumplir su misión de caballero andante
: proteger cual bella dama de los infortunios del camino.

viernes, 16 de julio de 2010

Escribir, un acto de liberación

Nunca antes Miguel de Cervantes disfrutó tanto de la libertad como cuando estuvo prisionero en Sevilla. En una celda incómoda, apestosa y en penumbra, con ruidos extraños y risitas sarcásticas, jiii... jiii… jiii, producidas por las ratas que sentadas sobre los cuartos traseros daban la impresión de aplaudirlo mientras él, alumbrado por la luz de un cabo de vela, escribía sobre retazos de papel su obra cumbre, en la cual parodia las novelas de caballería y parte en dos la historia de la literatura universal. Se gozó Cervantes, sin lugar a dudas, cada frase que escribió, vestido apenas con calzoncillos largos de atar en los pies.

De la lectura de los textos, se me ocurre pensar, puede inferirse la indumentaria con la cual el autor abordó la escritura. Así, Jorge Luís Borges y Ernesto Sábato escribieron sus obras vestidos de saco, corbata y zapatos de charol. Cuenta algún crítico que Borges, después de publicada una obra, se burlaba de lo escrito y de la cara que posiblemente haría el lector. Algo igual, dicen, sucedía con Sábato.

Bestiario, Flor amarilla, La noche boca arriba, entre otros cuentos, los escribió Julio Cortazar con pantalón blanco remangado, sin camisa y en chancletas. Gabriel García Márquez, entre tanto, escribió El otoño del patriarca y El general en su laberinto, pienso yo, vestido con pantaloneta, camiseta y descalzo. En cambio lo imagino escribiendo El amor en los tiempos del cólera de guayabera, pantalón y zapatos de lona blancos.
El extranjero fue escrito por Albert Camus con camisa hawaiana de flores anaranjadas sobre fondo blanco, pantalón corto caqui y descalzo. En cambio Mario Vargas Llosa escribió La ciudad y los perros con camisa a cuadros verdirojos, de mangas cortas, pantalón de dril beige y babuchas chinas.

Con la compañía, además, de un buen mate, café tinto, vino, y hasta un buen ron, escribir es liberador, y hecho con gusto produce un goce especial.

Sin presumir mucho de mis lecturas, creo que uno de los escritores que más ha gozado con este oficio ha sido José Saramago. Aparte de La caverna y los ensayos sobre la ceguera y la lucidez que escribió majestuosamente cubierto por una bata de satín verde, El evangelio según Jesucristo y Caín los escribió de pantalón corto púrpura, con camiseta esqueleto violeta y cachucha Bilbao color crema, sin más escritorio que una mesa rustica y un taburete viejo, frente a un extenso campo sembrado de olivares.

Sin temor a equivocarme, pienso que al momento de morir José Saramgo esbozó una amplia sonrisa de satisfacción: recordaba con picardía la manera cómo Caín se vengó del señor al final de la novela.

jueves, 8 de julio de 2010

Otras canoas bajan el río

Desde hace más de cincuenta años, cuando de muchachos alquilábamos canoas en Taganguilla y cruzábamos la bahía con vocación de náufragos, luchando contra el querer de la corriente, armados de canaletes, por conducir el bote en línea recta hasta la playa o alguna vez aventurarnos hasta El Morro, no escuchaba el plac… plac que produce el choque del fondo del bote con el agua en el sube y baja de las ondulaciones del oleaje.

Volví a escucharlo hace algunos días cuando abordé “Y otras canoas bajan el río”, novela de Rafael Caneva Palomino, en edición publicada por el Instituto de Cultura del Magdalena en 1997, con la portada ilustrada por un acrílico del pintor, banqueño también, Ángel Almendrales V. en tonalidades de azul nostálgico. Confieso que es una de mis lecturas tardías, después de varios intentos fallidos en el curso de los últimos 13 años, pero por fin logré embarcarme y disfrutarla.

Con el “Plac-plac”…”plac-plac”… “plac-plac”…, “pasan cantando las olas del río debajo de la canoa.” inicia el trajín cotidiano de los pescadores del rancherío en la playa de El Cabezón, formada por la arena a orillas del río Magdalena, frente al sitio de Nuestra Señora la Virgen Negra de la Candelaria o El Banco en la época de verano, en los primeros meses del año.

Son estos pescadores, un grupo de unos veinte con sus familias, herederos de los fundadores de la población, también pescadores en su mayoría que hicieron relativa fortuna y edificaron la ciudad para luego ser desplazados por foráneos que llegaron vendiendo baratijas en cajas de cartón colgadas del cuello, supieron acumular dinero y terminaron, estos advenedizos, siendo los dueños del comercio con influyente posición social y política.

Entre tanto los herederos, sin más fortuna que su fuerza de trabajo, algunas canoas, redes y elementos de pesca se enfrentan como una comunidad para resolver el diario subsistir extrayendo peces del río en la época de subienda. Mantienen el sueño, siempre vivo, de regresar a la población de sus ancestros y afincarse allí de nuevo.

Pero las cosas no resultan así de fáciles. Los nuevos dueños del pueblo, los advenedizos propietarios del capital y comerciantes enriquecidos a medida que se arruinaban los pescadores nativos, se van adueñando de las pesquerías para acaparar todo el producto de la pesca, y no les resultan útiles los pescadores libres; esto es, los dueños de los chinchorros, bongos y elementos de pesca, y sin deudas con nadie. Para ello tejen una variedad de ardides con el fin de sofocarlos y presionarlos para que abandonen las playas.

Resistir y llevar las cosas por lo legal es la constante de Robertico Palomino, líder natural del grupo, hijo y nieto de otros Robertos Palomino. Pero la presión es fuerte. Los comerciantes acaparan la sal para crear escasez, lo cual hace que los pescadores pierdan miles de kilos de bagre que se pudre. Les roban el pescado salado y empacado, les arman patrañas y calumnias para enredarlos en problemas judiciales, y hasta dueño le sale a la playa, que hoy está y mañana desaparece arrastrada por el río.

Caneva Palomino con un manejo directo y ágil del idioma, y articulando los diálogos en el lenguaje vernáculo de los pescadores, lo que hace del relato una sorprendente grafía, nos enfrenta a la álgida época de descomposición social y económica del los pueblos rivereños, a la par del campesino, por acción de la penetración del capital que arrasa con lo nativo y local. Productores y artesanos, se cumple la ley de tendencia, no llegan a empresarios.

Los herederos de los fundadores de El Banco, en un proceso pausado, recogen sus pertenecías y abandonan las playas. A bordo de bongos y canoas bajan el río. Eso fue lo característico de una época ya pasada.

En los tiempos actuales, desde hace unos treinta años, estos procesos son más inmediatos y con menos delicadeza. Los pobladores desaparecen en estampidas. Es el desplazamiento forzado. Mutilados algunos, con un ave de carroña sobre el vientre inflado, otros, y enredados en la taruya, los cadáveres corren río abajo con el río.


viernes, 4 de septiembre de 2009

La iglesia de San Francisco

La que recuerdo

Afrontábamos el reto, los veinticuatro de diciembre, de mantenernos despiertos hasta media noche para asistir a misa de gallo en la iglesia San Francisco.
Desde el coro, según el ingenio de Alfredo Ovalle, por dos cables extendidos hasta el pesebre en el altar mayor se deslizaba la imagen del Niño Dios al momento de nacer. Bajaba en una canastilla sostenida por dos ángeles. Al siguiente año descendía en paracaídas o en una esfera cerrada que se abría en dos al llegar al pequeño lecho de paja.
Día a día, ha sido la tradición, durante el novenario cambian la representación del pesebre, ambientado por decorados con paisajes y vegetación de Belén y sus alrededores. María y José en imágenes de madera y yeso, con extremidades articuladas y un burro en lámina de cartón, con pelo color pardo, que después fue cambiado, cuando éstos desaparecieron, por otro de color gris, aparecen representando diversas actividades: María cocinando y José llevando leña; María sobre el burro llevado de cabestro por José; y otras.
En aquella iglesia de San Francisco de la infancia al fondo del altar mayor se erigía un retablo de tres cuerpos en madera fina labrada. Empotrada en el cuerpo del medio, la imagen de las Tres Ave Marías o de la Santísima Trinidad: Jesús, María y el Padre bajo el resplandor del Espíritu Santo en forma de paloma que revolotea sobre ellos. En el lado izquierdo la de San Antonio de Padua sosteniendo al Niño Dios sobre un libro y con un ramo de azucenas y en el derecho la de San Francisco de Asís. Eran imágenes elaboradas en madera cubierta con yeso.
El sacerdote oficiaba en latín de espaldas a los feligreses y un monaguillo lo auxiliaba y respondía la liturgia. El libro del catecismo del Padre Astete traía en un apéndice al final la celebración de la misa; nunca pude aprenderme esa jeringonza.
El presbiterio estaba limitado por el comulgatorio, formado por una balaustrada en madera de carreto donde los participantes recibían la comunión de rodillas.
Las homilías y los sermones se decían desde el púlpito. El cual estaba hecho en madera labrada, de forma octagonal, y el tornavoz, también en madera, tenia incrustada en el centro la imagen de una paloma con las alas abiertas: el Espíritu Santo que iluminaba al orador. Algunas familias de la época tenían sus propios reclinatorios, identificados con los apellidos correspondientes, lo que les daba un sitio de privilegio en la parte delantera.
Para llegar a la iglesia se subían varias gradas. Pasada la puerta una mampara impedía la vista plena la interior (parte de un antiguo ritual). Por el lado derecho, la imagen de Jesús de la buena esperanza y a su derecha, de rodillas y encadenado el reo de la historia de la sandalia de oro. A lo largo de la pared, en sus altares, la imagen de la virgen del Carmen, San Pedro y San Pablo, la virgen del Perpetuo Socorro, con su aura radiante; el Niño Jesús de Praga, un bulto pequeño con capa y corona real sosteniendo el mundo en una mano. San Pancracio, joven de contextura atlética y generoso en favores, en un pedestal a un lado de la nave central cerca del comulgatorio.
Por la izquierda, al fondo, sobresalía la imagen de Jesús Nazareno con túnica de terciopelo morado, cabellos naturales (donados por distinguidas damas) tres potencias de plata incrustadas en la cabeza. El rostro y las manos de un color caramelo que valió el llamado de “Divino Negro” por el padre Federico López. Esta imagen es una autentica reliquia artística; asombroso logro el de ese rostro adolorido y apesarado.

El incendio

El 29 de junio de 1962, pasado el medio día, se incendió la iglesia de San Francisco.
Fijada en andas la imagen del Sagrado Corazón de Jesús estaba preparada para la procesión de las cuatro de la tarde. La iglesia, con las puertas cerradas aún, lucía esplendorosa. El altar mayor estaba engalanado con cirios y veladoras encendidos que reflejaban un calido ambiente entre el colorido de los gladiolos, los pompones y los claveles. La conflagración inició en el altar mayor. La llama de una veladora había alcanzado el mantel. El fuego se propago. Las imágenes de San Francisco y San Antonio se convirtieron en ardientes teas de santidad. La compleja estructura de la Santísima Trinidad crepitaba estragada por la llamas. La paloma blanca, icono del Espíritu Santo, ardió con fuego propio que se extendió a las vigas del techo. Un intrépido fraile de apellido Bautista rescató el sagrario y puso a salvo al Santísimo.
La armazón del retablo se vino abajo. En medio del estropicio y la nube de humo y cenizas se oyó el eco liberado de una voz. Era la voz del padre José Darío Uribe cuando celebrando misa, con los ojos cerrados, los brazos extendidos, de frente a los fieles y levitando, exclamaba: ¡O-RA-TES FRA-TES! Esa voz que retumbaba en el recinto y penetraba a fondo la conciencia de los asistentes estuvo atrapada durante años detrás del altar mayor.
Por la puerta lateral, sobre la carrera cuarta, apareció de pronto el hermano Echeverri llevando sobre sus hombros la imagen de Jesús Nazareno, intacto, sin el roce siquiera de una chispa en la túnica de terciopelo morado. ¡Se salvó el Divino Negro, bendito sea mi Dios!, gritaba saltando emocionado el padre Federico López.
El Nazareno siempre estuvo cerca del presbiterio, próximo a la puerta que comunicaba con la sacristía. De puro milagro no fue alcanzado por el fuego y oportuno el hermano Echeverri, pues no bien salía con la imagen acuestas cuando una viga en llamas descendió y dio al traste con el tornavoz y la base del púlpito. Cayeron más vigas. El fuego abrasó la balaustrada en madera del comulgatorio, los bancos y los reclinatorios, aun los reclinatorios individuales de propiedad y uso exclusivo de algunas familias.
En el fondo de la nave derecha, las imágenes de la virgen del Perpetuo Socorro, el Niño Jesús de Praga y san Pancracio, todas, por el recalentamiento, se desperdigaron en fragmentos irrecuperables.
Afuera, en el atrio, la loca Rosarito, embutida en un batón mugriento que alguna vez fue blanco, dejó sobre el piso la caja de cartón que llena de cosas llevaba siempre consigo, echó hacia atrás la cabeza coronada por una abundante mata de pelo tieso, levanto los brazos y gritó:¡Socorredle, socorredle, que es obra del maléfico!.
La plaza se había llenado de gente curiosa atraída por el incendio y de fieles preparados para acompañar la procesión. Se distinguían la terciarias vestidas de carmelito; las legionarias de todas las ordenes, de blanco; los estudiantes del San Luís Beltrán con su banda de guerra, uniformados de saco azul turquí y pantalón crema. Un extraño personaje con la cara tiznada y surcada de lagrimas se desplazaba entre la multitud exhibiendo la cabeza calcinada de San francisco. Los acólitos permanentes y los muchachos que se disputaban entre sí por tocar las campanas a la hora del Ángelus y los repiques para misa, lloraban a lágrima suelta abrazados a Jóbita, la señora encargada de los quehaceres del templo, quien lloraba también sin consuelo.
La gente aglomerada en la plaza, asombrada y afligida lloró, lloró con sentimiento y derramó ríos de lágrimas, pero éstas no fueron suficientes. Una máquina del cuerpo de bomberos de Barranquilla se abrió paso hasta llegar al atrio. Los bomberos saltaron pertrechados para entrar en acción, pero ya era nada lo que quedaba por extinguir.

Se quemó gran parte de la memoria católica de Santa Marta. La iglesia aquella de la infancia ya nunca más, pues sobre las ruinas no fue una reconstrucción lo que hicieron sino otra iglesia lo que construyeron, por cierto que inadecuada para el clima de la ciudad. Conservaron la fachada colonial que por donde quiera que se aprecie no es posible que encuadre con el resto de la construcción.

lunes, 3 de agosto de 2009

Los peluqueros

Las cosas en el tiempo desaparecen o se transforman para proseguir.

En los años 50 y comienzo de los 60 las peluquerías eran sitios sobresalientes, identificados por el pirulí en la pared de la entrada, una barra con franjas rojas, azules y blancas pintadas en espiral. Algunos eran luminosos y giratorios, otros, fijos.

Se diría en esa época que los peluqueros, igual que el son, venían de Cuba. Que yo recuerde estaban las peluquerías o barberías del señor Restrepo en la avenida Campo Serrana, al lado de lo que hoy es el edificio del Café; del señor Francisco Rojas, más conocido como Paco en la carrera segunda o Calle del Río entre calles 15 y 16 y la Cubana del señor Luís Socarrás en la calle 12 entre carreras cuarta y quinta, después se pasó para la avenida Campo Serrano con calle once cuando compró la que con lujo de detalles había abierto el argentino y jugador del Unión Magdalena Alberto Pascale.

No se trata esto de un estudio o investigación que me exija mencionarlos a todos, pero sí he de decir que también hubo peluqueros criollos, algunos viven todavía en pleno uso de sus facultades.

La peluqueada con el señor Socarras era la orden cuando las mechas sobresalían por encima de las orejas. Él siempre de camisa blanca de mangas largas y con las tiras del corbatín sin anudar. Era característico el olor del tabaco, fumaba Ducales, que venían empacados en una cajita de madera. Siempre pensé que esa era una peluquería para gente mayor. Para leer mientras se esperaba el turno sólo había, sobre una mesita, periódicos viejos.

En cambio donde Paco era diferente, para leer se encontraban, además de periódicos, ejemplares atrasados de la revista Bohemia y todos los paquitos de todos los personajes de la época. Cuando tocaba el turno de subir a la silla, era también el turno de Paco: tomaba la palabra para reiniciar el recuento de anécdotas contadas y recontadas, al extremo que el cliente debía permanecer sentado después de terminado el corte, para que Paco terminara también de contar la historia.

Paco se trasladó al barrio “los manguitos” donde siguió atendiendo a sus fieles clientes, y en el local quedó el señor Amadis, reconocido como el “Pelón”.

Entró en vigencia la era de los estilistas y los salones unisexis. Así, en esos salones, mientras tinturaban a una señora, en el lavadero se encontraba un señor con la cabeza espumeante de shampoo, en tanto que otro recibía tijeretazos al vuelo moldeándole un corte tipo ejecutivo.

Las peluquerías y barberías se vinieron a menos, pero no desaparecieron. Algunas se mantienen activas con dos o tres sillas, aunque por el aspecto general se concluye que las cosas no andan muy bien, pero se mantienen.

Las viejas peluquerías o barberías estaban provistas de sillas reclinables especializadas, con un solo pedestal, giratorias y levadizas. Los salones modernos sustituyeron éstas por las giratorias de oficinas, y los que menos por sillas plásticas.

Pero como las cosas después de alcanzar cierta dimensión empiezan a retroceder, o a renacer, encontramos hoy, en varios sitios de la ciudad, peluquerías al aire libre.

En la avenida Libertador, al bajar el puente de Mamatoco, encontramos debajo de un amplio toldo tres sillas plásticas en plena ocupación por sendos clientes cubiertos con la típica capa y cada uno atendido por un artista de las tijeras. En la avenida del Ferrocarril, por las proximidades del mercado hallamos dispersos dos o tres y así en otros sitios y barrios de la ciudad.

El pleno parque de Bolívar, estrenando sitio después de la remodelación, al caer la tarde encontramos al aire libre un peluquero en pleno uso de sus facultades artísticas, peluqueando a un cliente sentado en una silla de plástico y protegido por la tradicional capa.